EL FALSO YO
Al falso yo se le suele llamar
ego, pero esa palabra se presta a muchas confusiones.
El falso yo es un circuito de
ideas conectadas a emociones negativas (miedo, represión, humillación, ira…) en base a
experiencias mal integradas de la primera infancia, cuando la
persona aún no tiene recursos para asimilarlas correctamente. Es lo que antes
se llamaba un “complejo”, y complicado es, desde luego, un circuito así, porque
está cerrado en sí mismo y se retroalimenta con sus propias ideas y emociones.
Reside en la mente inferior con ecos en la mente razonadora, que en realidad no
ha comprendido nada a fondo, ni la persona lo ha intentado seriamente. Así, se establece una zona oscura en ella, inquietante, muy tenebrosa, de la que huye, cuando el verdadero peligro es no aclararla.
El gran problema del falso yo es
que es un raptor del alma, a la que suplanta en mayor o menor medida. A veces
es percibido como un doble, muy incómodo, porque siempre se opone a las
aspiraciones de la persona, confundiéndola con razones tan lógicas como falsas
(trabaja muy bien con la culpabilidad y el autocastigo). Si la identificación con el falso yo se
hace predominante conduce a la demencia, pero normalmente no se llega a tal
extremo, uno logra adaptarse, con su lastre, a la vida en sociedad. Lo que no se podrá evitar son las somatizaciones.
El falso yo es un traidor que
boicotea tu camino en la vida, es el gran obstáculo para encontrarlo, porque se
opone a la verdad y a la libertad, además envenena las relaciones humanas. Va
acompañado de una gran desorientación, de amargura, de un fatalismo que termina
en el abandono de uno mismo. Hay personas que dicen tener a Dios en contra, la
realidad es que van en contra de sí mismas y, por tanto, en contra del Gran
Espíritu.
Para dejar de caer en las trampas
del falso yo es preciso identificar el nodo principal del circuito, que es siempre alguna forma de soberbia o de envidia. La soberbia es sólo el miedo a no ser
más que otros, es propia del temperamento fuerte. La envidia es el miedo a ser
menos que otros, y es propia del temperamento débil. En el interior del fuerte está
la envidia del débil, y en el interior del débil está la soberbia del fuerte. No
hay nada más necio que la soberbia, nada más torpe que el orgullo, nada más
ridículo que la prepotencia. Con sobebia o envidia es completamente imposible tener lucidez.
Cuando uno se da cuenta de las malas consecuencias de esas actitudes entra en un proceso más o menos crítico que le conducirá a una auténtica, liberadora humildad: Entonces es necesario identificar al personaje, padre, madre o tutor, cuyo carácter ha servido de modelo principal de un modo inconsciente.
Todo eso de los más y los menos no tiene sentido, no es real, cada persona tiene sus condiciones y su camino. Eres lo que eres ahora mismo, y así está muy bien, porque es tu punto de partida hacia la vía espiritual. De eso depende todo lo demás.
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