ORGULLO FRENTE A DIGNIDAD

 

El orgullo es una actitud a medio camino entre la soberbia y la envidia: no se pretende ser más que otros, pero tampoco se quiere ser menos, y tal cosa tiene mucha importancia para la persona. Como todo eso forma parte de lo irreal, entra de lleno en el dominio del falso yo, que saca de ello su mayor provecho para minar la vida de la gente.

 

La dignidad es una actitud de respeto hacia uno mismo y hacia el entorno, un sentido del propio valor como ser humano y un decoro en la forma de presentarse ante el mundo. Es directamente proporcional a la autoestima, que no es la miseria de amarse a un mismo, sino la conciencia de lo destructiva que es la desidia, también para otros. En justa correspondencia, cuando el orgullo está muy subido, la autoestima está muy bajada, de hecho, es el mejor indicio de que alguien no se encuentra bien en su piel.

 

La confusión entre orgullo y dignidad es una de las más comunes. Una diferencia sintomática es que, ante un conflicto, el orgullo ha de ser vencido para desbloquear la situación, mientras que la dignidad es necesario mantenerla en ocasiones que el corazón pide lo contrario. En ambos casos es difícil decidir correctamente: en el primero, porque el miedo a quedar por debajo oscurece la visión, en el segundo, porque la integridad se opone al deseo, que también puede cegar, si bien alguien que se plantea siquiera la cuestión de la dignidad probablemente no errará.

 

El honor, la honra, que tanto apreciaba la sociedad de los siglos pasados, se basaban más en la opinión del mundo que en la dignidad, es decir, era más bien orgullo. “La negra honra”, como dice santa Teresa, ha acarreado muchas desgracias, no pocas sangrientas, y aunque ahora no somos tan fundamentalistas el orgullo sigue haciendo daño en un plano más cotidiano. Veamos un ejemplo en que es cuestión de orgullo, seguido de otro en que es cuestión de dignidad.

 

Las herencias y los divorcios se prestan mucho a actitudes orgullosas más allá de los intereses económicos. Las envidias infantiles entre hermanos, el feroz resentimiento entre cónyuges, el no ser un supuesto perdedor, se imponen a las cuestiones objetivas del pleito, que es la prolongación de una vieja guerra. Así, lo que podría resolverse con un acuerdo satisfactorio para todas las partes se convierte en un conflicto interminable que acaba perjudicando a todos.

 

En cuanto al dilema, falso, como todos, entre la dignidad y el deseo, no hay mejor ejemplo que el de la persona libre que se ve envuelta en un triángulo al enamorarse de alguien que está comprometido con otra persona. Con independencia de los sentimientos (con mayor motivo si son auténticos) alguien que se precie no debe aceptar jamás semejante situación que, entre otras cosas, es de una vulgaridad que espanta. El primero que acierta a salir del triángulo es siempre el más noble. Los que no reaccionan se quedan estancados en un clima de falsedades y malos humores en que pierden su vida, pierden el amor y pierden la vía espiritual.

Comentarios

  1. Texto profundo e interesante; muy digno de Katia y mucho orgullo de conocerla. Un honor haber compartido experiencia de campo y de vida, un deseo que sus lectores se animen a comentar. Cierto que el nivel de pensamiento es alto y nos podemos quedar confusos pero estas lecturas nos ayudan a subir autoestima a quien la tenga baja y a "bajar los humos" a quien los tenga subidos. Gracias por compartir pensamiento aunque al menos a mí, nivel alto de claridad y honradez compartida, me es algo difícil por falta de costumbre ,este mundo está algo falto de calma.

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  2. Gracias, compañero de camino.

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