ASTUCIA: MIRAR Y
NO VER
El astuto es una personalidad
reservada a consecuencia de una gran represión en la infancia, en que cuanto
pedía o expresaba era negado, o alguien sacaba ventaja de ello para humillarle,
y así dominarle. El niño o la niña desarrolla muy pronto una estrategia para
evitar esa situación: si su posición en la familia es fuerte, aprenderá a
callarse y a actuar bajo cuerda. Si su posición es débil no le quedará otro
remedio que aceptar el papel que le asignan, pero descubrirá que se puede
manipular haciéndose el tonto o la tonta. Hacia los seis o siete años estos
niños tienen a veces una mirada resabiada, impropia de la infancia. Un
gran poso de ira les quedará en el fondo.
Esta personalidad no es un carácter,
es un falso yo que interfiere muy negativamente en las relaciones humanas,
porque la persona hará cualquier cosa menos expresarse o actuar directamente,
que para ella es ponerse en evidencia. Es importante entender que este
comportamiento es compulsivo antes que premeditado: primero el miedo, más o
menos inconsciente, una fracción de segundo después, la astucia. En lo que
respecta a su vida íntima, el astuto es muy indeciso, no quiere correr ningún
riesgo sentimental, y casi siempre pierde la ocasión. Cuando uno es incapaz de
tomar sus propias decisiones, tenga por cierto que otros lo harán en su lugar,
quizá cuando ya sea tarde para reaccionar.
El astuto tiende a pensar que los
demás también actúan con malicia, una actitud maliciosa que él mismo está
provocando, a menos que la otra persona sea muy cabal, que no es lo corriente. Se
entabla así entre ellos un juego de suposiciones completamente ajeno a la
realidad. La “suponitis” es una enfermedad muy extendida entre los humanos. La
astucia conduce siempre a un diálogo de besugos en que cada uno piensa una cosa
desconectada de lo que piensa el otro, de modo que el malentendido, la
confusión y el conflicto son su consecuencia segura. El bloqueo tenderá a
prolongarse indefinidamente, porque por sincera que sea la otra parte, el
comportamiento del astuto establece un distanciamiento inabordable. Todo ello
redunda en un terrible aislamiento de la persona astuta, a menos que se decida
a actuar con franqueza.
La astucia es desamor y genera más
desamor, porque se basa en un antagonismo preconcebido en que el otro es, por
principio, un rival o un enemigo. Si se trata del compañero o la compañera, que
es ley de vida que te haga sufrir alguna vez, este dolor, que es profundo,
suscita mucha ira y, a menudo, resentimiento. Todo ello desencadena sin falta
el síndrome del astuto, que no hará más que empeorar las cosas y ponerlo todo
más difícil.
En situaciones delicadas, más bien
raras, una visión inteligente puede hacer aconsejable la cautela, pero la
astucia en sí no vale para nada: no es inteligente, no abarca la realidad,
porque pertenece a la mente contradictoria inferior. La verdadera inteligencia
se basa en la lucidez, en una visión clara de las situaciones, es decir, no enturbiada
por prejuicios, miedos espurios o impulsos agresivos. El Gran Espíritu JAMÁS
secunda una actitud astuta, sino que juega con sus dados para frustrar todas
las maquinaciones de un modo u otro, incluida la victoria pírrica, en que uno
descubre finalmente que ha perdido lo principal y, en realidad, no ha ganado
nada. A menudo se sirve para ello de un “tonto” subestimado por el
“extremadamente listo”.
La inteligencia no necesita hacer
maquinaciones, la actitud y el comportamiento correctos se derivan de la misma
visión, cuya primera consecuencia es entenderse, entender al otro y, por tanto,
saber cómo dirigirse a él para que la relación fluya. La inteligencia que se
basa en los valores humanos y divinos puede permitirse una gran espontaneidad,
siempre muy consciente, para detenerse a tiempo. Aunque al astuto le parezca peligrosísimo,
esta es la única “estrategia” que funciona de verdad.
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