“El mal es un Bien imperfecto”
Esto no lo escribió ningún
hereje, sino el pseudo Dionisio Areopagita (Los Nombres de Dios, C. 4), místico
y filósofo neoplatónico de los siglos V y VI d. C, más o menos reconocido por
el cristianismo. La mayúscula del Bien y la minúscula del mal figuran así en el
texto griego original, que no tiene desperdicio. Es penoso que después de
conocerse un escrito como este aún haya tantos teólogos que se empeñan en creer
en el mal como principio absoluto. De ahí a forjarse un Príncipe del Mal con
talla para oponerse al Gran Espíritu hay poco trecho.
Este gran diablo se basa
principalmente en el satán del Libro de Job (1-2), que en hebreo significa el
fiscal o el adversario, un personaje difuso que se cuela subrepticiamente en la
corte celestial. Su personificación rotunda se remonta a los primeros autores
cristianos, hacia el sigo II d. C. Es posible, sin embargo, que existan genios
del submundo, pero no hay razón para temerlos, basta con no darles pie. Según
el areopagita algo hay siempre de bueno en todo lo creado, puesto que el Gran
Espíritu lo sostiene con su esencia.
El Bien y el mal no es un par Yin-Yang,
como se postula con frecuencia, porque no hay paridad entre lo que ES y lo que
no es. Lo que no existe es mentira, no puede complementarse con la verdad. Si
escribimos bien y mal, ambos con minúscula, se trata de moralidad, de
comportamiento, no de espiritualidad. Entonces ¿de dónde salen todas esas
actitudes erróneas que nos hacen sufrir y que hacen sufrir a otros? Muy
sencillo: del falso yo, he ahí el verdadero diablo, el adversario, el acusador
(ver entrada del 8 de diciembre). Nótese que hay, así mismo, muchos falsos yos
colectivos, que son aún más peligrosos que los individuales.
Una de las grandes trampas del
falso yo es conseguir que la persona se regodee en el mal, cuando lo que se
propone, en el fondo, es descargar la ira acumulada haciendo daño a alguien ¡cómo si se pudiera traspasar el propio dolor a otro! Hay una especie de placer
en ser malvado, como sucedáneo del amor del que se carece, ya sea de forma momentánea,
ya crónica. Los ritos satánicos se basan en eso. Ni qué decir tiene que
regodearse en el mal es la mayor de las bajezas en que se puede caer, lo último
de lo último, sin embargo, su psicología no puede ser más simple, sólo ira
sublimada. Por muy sofisticadas que sean las ideas o los métodos, en el fondo
no es más que una enorme estupidez, que sólo puede conducir a la demencia o a
la cárcel.
Aún así, hay mucha gente que se
aferra a la existencia del mal como principio absoluto, con una seguridad que
siempre me sorprende. La explicación, sin embargo, sigue siendo simple: darle
salida a la agresividad, un instinto natural que busca expresión incluso cuando
no hay un estímulo objetivo (morbo incluido). Yo le llamo “el espíritu de
linchamiento”, un falso yo colectivo que emerge ante conductas deplorables, en
que “los buenos” quieren dejar bien claro que ellos jamás harían tal cosa (?),
a menudo revestidos de una solidaridad más teórica que efectiva, muy ingenua,
porque los casos reales son mucho más complejos. Menos mal que existe la Ley.
Encontramos lo que buscamos. Si
crees en el mal como principio absoluto lo atraerás, no lo dudes, porque tu
falso yo será como un imán para otros falsos yos. Si
odias algo o a alguien toparás de forma recurrente con tan ingrata situación,
ya sea externamente o en tu interior. No alimentes el odio con justificaciones,
observa el caso real, trata de comprender al ser humano, empezando por ti. Luego,
si es necesario, actúa. Aprende a bendecir incondicionalmente, no hay maldición
que traspase esa barrera.
Para terminar, una cita procedente del hinduismo:
"Ese mal que consiste en pensar mal, el mal es ese" (Brihad-aranyaka Upanishad 1, 3.6) (1)
(1) Upanishad de los Grandes Bosques.
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