LA CONVERGENCIA DE LOS CAMINOS

 

Inquieto por el error, busqué una sola vía

He encontrado la amplitud de los caminos convergentes

El extravío, ya no lo temo.

 

La cita procede del budismo tibetano primigenio, los Cien Mil Cantos de Milarepa (VII, 7), mi segundo maestro después de san Juan de la Cruz. La iniciación se la debo al gran místico cristiano cuando llevaba tres años practicando Yoga muy seriamente: una kundalini en toda regla. A estos maestros les siguieron muchos otros, del hinduismo, del zen, del sufismo, del taoísmo… La gente sectaria, que no falta en ninguna de las tradiciones espirituales, se espanta de mi “eclecticismo”, algunos no siguen leyendo cuando aparece una referencia a la Biblia o al Corán, incluso a la Ciencia.

 

La amplitud de miras no es una mezcolanza de ideas ni de prácticas. El conocimiento espiritual ha de ser comprendido a fondo, debe ser coherente, así es como se detectan las convergencias en medio de los diferentes lenguajes y símbolos. Tampoco es conveniente ir saltando de un tipo de práctica a otro, aunque al principio puede ser necesario probar más de una. La vía elegida, si funciona, es tan buena como la que más, lo esencial es ser constante. Por lo demás, las técnicas orientales son perfectamente compatibles con las religiones. En todo caso, practicar alguna forma de espiritualidad es imprescindible para evolucionar como ser humano.

 

Quizá la mayor falta de cultura sea despreciar la propia, una ignorancia derivada de prejuicios heredados. Por mi parte no pienso privarme de ninguna fuente de sabiduría, incluida la Cábala, el I Ching o el Tarot, si bien creo que el esoterismo por el esoterismo, sin una base mística, se cierra en sí mismo. No hay cosa menos secreta que los arcanos cabalísticos, que desde que existe la imprenta circulan por ahí en múltiples versiones, aunque rara vez bien afinadas. No digamos ahora, a través del hiperespacio. Bien está, porque el secretismo es una soberbia espiritualista. Para quién no tiene la vivencia, la espiritualidad es misterio suficiente.

 

La gran Cábala de hoy es la convergencia entre la Ciencia y la Espiritualidad, porque la materia es una forma de energía condensada en paquetes o cuantos que, cuando les acomoda, se comportan como ondas no más. Los familiares fotones son cuantos de energía sin masa (el Universo es de una sutileza cercana a la mera información). La energía, que sólo conocemos por sus efectos, es o contiene la inteligencia cósmica que da lugar a la materia tal como la perciben nuestros sentidos, cuyo rango de percepción es muy estrecho. El cerebro, en cambio, puede colegir o reflejar mucho más, siempre que su poseedor esté dispuesto a ello. El materialismo, como filosofía, ha pasado a la Historia, si bien tiene aportaciones valiosas como antropología y socioeconomía, es decir, en cuestiones prácticas, pero el fondo de la cuestión se le escapa.

 

La historia de la espiritualidad empieza con el chamanismo, continúa con la mitología, luego con la religión, y al fin con la espiritualidad en su sentido más amplio. Obviamente, todas estas corrientes coexisten, siguen vivas, y siempre pueden aportar algo que venga bien, porque todas las formas de espiritualidad se influyen y se refuerzan entre sí. Es una tremenda ingenuidad pensar que el Gran Espíritu prefiere unas culturas a otras, unos pueblos a otros, cuando lo que le interesa es llegar a todos del modo más apropiado para cada uno. La mística es intemporal e intercultural, puede alcanzarla un chamán, una sacerdotisa, un monje, una cabalista… hasta una loca como yo, porque el Gran Espíritu, sus santas y santos, tienen sus propias razones.

 

¿Y qué es la mística? La palabra procede del griego antiguo “mistis”, que designaba al iniciado en los secretos defendidos por alguna escuela. Se podría llamar, así mismo, “iniciática”. El verdadero misterio tiene que ver con el amor, un amor muy personal, todos los místicos coinciden en eso. El diccionario de la RAE afina bastante en sus definiciones de “mística”, entre las cuales figura el adjetivo “melindroso”. La realidad es que los auténticos místicos y místicas se comportan con naturalidad, pasan bastante desapercibidos, y lo procuran, salvo cuando la situación requiere una intervención lúcida. Ocurre normalmente cuando alguien se confía con ellos, entonces sus palabras pueden producir sorpresa, admiración o remoción. El místico o la mística no habla en vano, esa es toda su “melindrosidad”. Por lo demás, los pies en la Tierra y la cabeza en el Cielo.

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