SOBRE EL MONISMO ABSOLUTO

 

Nota: Mis citas de la Biblia proceden de una compilación arqueológica elaborada por un equipo de expertos en lenguas antiguas en base a todos los documentos y versiones históricas disponibles (LA BIBLE, Bayard, Paris, 2001).

 

Cada cual es libre de formarse su propia idea de la Divinidad, dado que el ser humano está hecho a su imagen y semejanza (Génesis 1, 26-27) aunque no llegue a conocerla del todo. El Gran Espíritu acepta nuestras visiones, porque sabe que necesitamos una referencia personal para creer y para amar, siendo él/ella el mismo Amor. 

 

La segunda parte de la cita del Génesis (1, 27) no puede ser más explícita:

 

“Elohim crea al humano a su imagen, le crea a la imagen de Elohim, le crea macho y hembra”.

 

Las escuelas predominantes en la mayoría de las grandes religiones o tradiciones espirituales propugnan con insistencia que Dios es Uno, Uno sin más, y todo lo que apunte a dualidad es directamente satanizado. En cambio, suelen bendecir al tres, la Trinidad, cada una a su manera, cuya sacralidad no pongo en duda. El hinduismo, el judaísmo, el cristianismo, el islamismo… surgen en culturas fuertemente patriarcales, en épocas tendentes a la centralización del poder en torno a un gran rey o emperador, que se consideraba el representante de Dios en la Tierra. No es de extrañar que el monismo absoluto triunfara sobre otras tendencias, y que las escuelas que lo defendían se convirtieran en la religión oficial.

 

En Yoga, la dualidad indeseable es la propia de la mente contradictoria inferior: si es blanco no puede ser negro, y viceversa. La mente superior, en cambio, es capaz de concebir la paradoja, en que el blanco y el negro coexisten reflejándose el uno en el otro. La verdad es siempre paradójica, pero, ojo, nada más lejos de un relativismo barato, de las medias tintas o un gris anodino.

 

En el origen del monismo a ultranza se esconde el miedo a la mujer y al sexo, porque en la simbología patriarcal el número dos alude a ella, a esa otra criatura tan tentadora como incomprensible. El dos, en rigor, representa más bien a la pareja, al sexo, sí, que es lo primero que asocia el hombre con lo femenino. No obstante, creo que no perdemos nada las mujeres aceptando el dos como nuestro número, porque el dos es, ante todo, el número del amor, el que nos está recordando a todos cuál es la verdad, la paradójica verdad del Amor: dos que son uno, uno que son dos. No es nada nuevo. Tanto el taoísmo como los grandes místicos de todas las tradiciones se las arreglaron para expresar de algún modo la más hermosa de las paradojas.

 

Fundirse en el todo, desaparecer en la nada… ser Dios mismo, un Dios solitario más allá del más allá… alcanzar una gloria abstracta, asexuada, entendiendo por sexualidad una polaridad no necesariamente carnal… Si algo de eso te atrae, adelante, puede ser tu vía, pero seguramente al final te espera una grata sorpresa.

 

En fin, hasta aquí la herejía, aunque os aseguro que si me condenáis a la hoguera me retractaré de inmediato.

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