EL NUDO DE LA SOBERBIA

 

Decíamos que el falso yo es un circuito de ideas conectadas a emociones negativas en base a experiencias mal integradas de la primera infancia. Produce un descentramiento de la persona, y es muy pertinaz, porque se retroalimenta a sí mismo. Decíamos también que su nodo principal es alguna forma de soberbia o de envidia, en última instancia, soberbia, que es la actitud más recóndita del ser humano. La soberbia es el miedo a no ser más que otros, una necedad que la vida se encarga de desbaratar, pero salvo casos excepcionales, queda siempre un poso, que sólo se deshará en la culminación de cierta escala espiritual. El nodo o nudo de la soberbia es lo que sostiene al falso yo aun cuando se tiene casi desarticulado el circuito, por eso hay, así mismo, un falso yo residual. El poso de soberbia que tenemos casi todos proviene de los falsos yos de vidas anteriores, es kármico, tanto en su aspecto individual como en el atávico (karma colectivo). El falso yo residual, en cambio, es sólo personal.

 

La soberbia más recalcitrante es la que se adquiere al seguir el ejemplo de un padre o madre soberbios, que transmiten la idea de que ser más que otros es una especie de obligación, algo natural y justificable humanamente, incluso admirable. Ser el ganador, el que manda, el más listo, el más guapo… se convierte en un prurito ineludible para la persona, que no puede soportar la idea de que otros le superen, al menos en lo que considera importante. El soberbio no concibe el trato de igual a igual. La caida es segura, dado que es inherente a la soberbia, que es ya una caída en sí al confundir lo bajo con lo elevado.

 

En el inconsciente del adulto subyace el niño necio que aguanta lo que sea con tal de quedar por encima, aunque eso no le lleve a ninguna parte. Los niños viven de sueños, el adulto soberbio, encerrado herméticamente en sí mismo, de ensueños sobrevivirá. Un aislamiento rígido y gélido en lo alto de una Torre de Babel que se pierde en los limbos del cielo es el resultado, así que lo mejor que le puede pasar es sufrir la caída consciente, que en realidad es una elevación. De la Tierra puede uno levantarse, más allá de los limbos aquellos sólo está la demencia.

 

La cuestión es que la persona que padece alguna forma de soberbia ni siquiera suele ser consciente de ello, dificultad añadida para vencerla, que es ya difícil de por sí, porque equivale a vencer el falso yo. Difícil, pero no imposible, aunque se necesita lucidez. Sólo las personas de gran rectitud o iniciadas están en condiciones de reconocer la soberbia al primer movimiento, asumir la caída, y así retornar a la sensatez antes de pasar a mayores. Los demás necesitan experimentar las consecuencias.

 

El desarrollo humano implica una serie de ascensos a lo largo de unas escalas de siete peldaños o hitos, que se corresponden con otros tantos niveles a lo largo del eje de la columna vertebral. Es posible recorrer en una sola vida las tres escalas que conducen a la liberación definitiva del falso yo al eliminar el poso de soberbia. La primera escala es la de la maduración, la segunda es la que alcanza la rectitud, la tercera es la de la iniciación: cuando emerge la vía está libre. Todas ellas se dirigen desde la base hasta el centro del cerebro (sexto nivel) donde se sitúa el último nudo, el de la soberbia. En Yoga se conoce como el Nudo de Shiva-Parvati, que al desatarse revela la Unión del dios y la diosa, de lo masculino y lo femenino.

 

Cada escala implica un nuevo ascenso desde la base hasta arriba, empezando por el Nudo de Brahma-Sarasvati, que es el de la iniciación. En el cuarto nivel hay otro nudo especialmente relevante, el de Vishnú-Laxmi, a la altura del corazón. La apertura o desenredo de estos nudos tiene consecuencias importantes en la vida, pero será sólo parcial hasta la tercera escala. Sin embargo, ya en la primera puede penetrarse significativamente el Nudo de Shiva-Parvati a raíz de una experiencia cumbre, algo muy propicio para emprender la vía espiritual. De hecho, los maestros suelen inducir esta apertura antes que la de los niveles inferiores, porque la visión superior es la mejor protección frente a los peligros de la vía, especialmente el de la soberbia, que es el mayor de todos.

 

No se puede forzar la penetración de los nudos, ni siquiera hay que pretenderlo, sino centrarse en la rectitud y la búsqueda espiritual, así como en la práctica adoptada. El nudo de la iniciación, sobre todo, depende de la conexión con un maestro o maestra ya liberados, contemporáneos o no. Los otros se van abriendo en su momento, a menudo de forma imperceptible, a diferencia de los tres principales, que conllevan una clara experiencia lúcida. La soberbia adquirida o circunstancial puede y debe ser desbaratada mediante el trabajo interior, pero la residual requiere una intervención divina que la fulmine. Tratar de acabar con ella al estilo de Alejandro Magno en la leyenda del nudo gordiano nada logrará. Basta con reconocerla y mantener la atención para evitar sus desmanes.

 

La bestia humana y la soberbia son de distinta índole, pero se refuerzan mutuamente, puesto que el falso yo se basa en los instintos básicos, hormonales. La bestia, el anmal humano, son precisamente estos instintos, como el miedo, la agresividad o la pulsión sexual. Siguen siendo tan necesarios como inevitables, sólo que para ser adaptativos en el ser humano han de estar controlados por la corteza cerebral, es decir, por la razón, al menos hasta que el amor se instale definitivamente con la Unión. Tanto la soberbia como la bestia pueden estar en el origen de las reacciones compulsivas: la soberbia justifica a la bestia, la bestia busca justificación… así se establece un ciclo caótico difícil de parar. Sólo va cediendo por cansancio o por un cambio de situación. pero tenderá a recurrir si no se le desarticula con la razón.

 

La soberbia es el primer pecado en aparecer y el último en ser eliminado. La raíz indoeuropea de “pecado” es ped, “caer” ¿Cómo y cuándo caímos? La vida es dura, cuándo no cruel, especialmente la del ser humano, que es consciente del pasado, del presente y del futuro. Un cúmulo incalculable de experiencias de dolor a partir de los primeros Homo sapiens da lugar a las interpretaciones más diversas, tanto individuales como culturales, que se van transmitiendo de generación en generación. Estos son los atavismos de la especie, que tienen su reflejo en la herencia genética. Las interpretaciones oscuras producen un mito defensivo con el que la persona o el grupo se identifica, el circuito del falso yo, basado en los instintos de la bestia humana.

 

Dado lo frágil de tal urdimbre, para mantener la supuesta protección se necesita una rígida actitud de fuerza, de superioridad frente al entorno, aunque sea una infatuación. La soberbia individual o colectiva provoca otras soberbias, de forma que se va acumulando un karma entrecruzado que acaba afectándonos a todos y cada uno de nosotros. Esa es la soberbia que reproduce automáticamente el niño o la niña ante el abismo de la vida, cuando no tiene capacidad para comprender su sentido, dando así continuidad al poso de soberbia que acarrea la humanidad.

 

Sí, se trata del pecado original, pero su principal e inmediata consecuencia es una larga historia.

Comentarios

  1. Respuestas
    1. Gracias a ti, y enhorabuena por entender la equidad de dar algo cuando algo se recibe ¡No cuesta dinero!

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