UNA LARGA HISTORIA I

 

Las pruebas genéticas han confirmado que el chimpancé común (Pan troglodytes) y el bonobo (Pan paniscus) son las especies vivientes más próximas al Homo sapiens, con quien comparten del 98 al 99% del genoma. Los múltiples estudios realizados los sitúan en la frontera entre el instinto animal y una extraordinaria capacidad mental que no pocas veces sorprende a investigadores y cuidadores. Al igual que el ser humano, el chimpancé presenta una gran variabilidad individual y cultural. Sí, cultural, porque su conducta se basa más en el aprendizaje que en los instintos básicos: no sólo se comportan de distinta manera los que viven en la selva, en la sabana, domesticados o en cautividad, sino que hay diferencias notables entre los distintos grupos de un mismo hábitat.

 

Los chimpancés comunes de la sabana son, sin embargo, los que más información pueden aportar sobre la evolución que desembocó en el ser humano, puesto que al estar mucho más expuestos al peligro los grupos requieren una organización más sólida y un mando unificado, es decir una jerarquía claramente establecida. El macho dominante ejerce un claro dominio sobre el resto de los miembros del clan, apoyado por los machos siguientes en la escala jerárquica. El rango se alcanza mediante demostraciones de fuerza física y, secundariamente, de experiencia o inteligencia. A veces se sirven de manipulaciones amedrantadoras “de farol”. Todo ello es moderado por las constantes muestras de afectividad dentro del grupo, que superan con mucho a las de dominancia. No hay competencia por las hembras, la promiscuidad es total, y no demasiada por el acceso al alimento, salvo que sea escaso.

 

Ciertos individuos están más interesados que otros en ostentar la jefatura, pero siempre son machos quienes rivalizan por el puesto, que cambia de dueño con bastante facilidad. Entre las hembras no hay una jerarquía tan clara, es más bien cuestión de respeto ante la edad y la experiencia, en tanto que prevalece entre ellas la tendencia a la cooperación. Se han documentado casos en que las hembras del chimpancé bonobo (Pan paniscus) se unen en una especie de resistencia pasiva para mantener a raya a un macho dominante violento o poco empático.

 

¿Puede considerarse como incipiente soberbia la tendencia a la rivalidad y al dominio de ciertos machos? Está claro que la tendencia tiene una componente instintiva en relación con la mayor producción de andrógenos que, en sí mismos, sólo implican agresividad y pulsión sexual. La gran diferencia con la soberbia humana, o propiamente dicha, estriba en el escenario o construcción mental en que se asienta esta última, así como en su condición no adaptativa (suele ir en contra de la salud). Los andrógenos del chimpancé salvaje forman parte de su adaptación al medio, salvo algún caso de desequilibrio físico o psicopatía, mientras que la soberbia humana resulta netamente perjudicial para el individuo y su entorno, en el que induce más soberbia. Las manifestaciones de dominancia en el animal no se instalan de forma permanente en su memoria, sino que se desvanecen con una rapidez asombrosa cuando desaparece el estímulo. El ser humano, por el contrario, se aferra a su soberbia, no pocas veces de por vida.

 

El varón, debido a sus andrógenos, puede tener una mayor o menor tendencia a la rivalidad o la dominancia, pero no se puede considerar como soberbia si no se convierte en una necesidad compulsiva u obsesiva más allá de la situación real y de las consecuencias negativas. Ciertamente, hay también mujeres muy soberbias con independencia de la producción de andrógenos

 

Decíamos que la humanidad arrrastra una soberbia atávica debido a los escenarios mentales oscuros con que intenta superar la dureza, a veces extrema, de la vida. Estas formulaciones son específicas del Homo sapiens, el antropoide no se hace ideas complejas, además no podría compartirlas con el grupo a falta de un lenguaje estructurado y abstracto. Es precisamente esta capacidad ilimitada para imaginar, componer y transmitir pensamientos complejos lo que caracteriza a nuestra especie como tal. Cuando en ciertos enclaves del Cuerno de África los humanos empezaron a desarrollar el habla surgieron por primera vez los primeros escenarios mentales superpuestos a la realidad del entorno, compartidos y aumentados de inmediato entre los clanes.

 

Muchos de estos escenarios resultaron adaptativos al mantener su vínculo con la supervivencia, incluidas las creencias de carácter espiritual, si bien iban aparejadas a menudo con prácticas crueles para los seres humanos, innecesarias en sí mismas.  Algunas eran de tipo disciplinario interno o disuasorio frente a clanes enemigos, pero también era una forma de endurecerse más y más frente a las condiciones de la vida. La afectividad que subyace en toda relación, humana o animal, adquiere nuevos tintes en base a la capacidad de interpretación. Surge así la noción de represión, de humillación, el resentimiento… El caso es que las situaciones dolorosas se hacen especialmente fuertes y sensibles, porque no se trata ya sólo de la Naturaleza, sino de las relaciones humanas y sus connotaciones ideológico-afectivas: la experiencia del desamor se extiende por todas las comunidades. Todo ese dolor da lugar en muchos individuos, y en casi todos los colectivos, a actitudes forzadas o infatuadas de superioridad, es decir, a la soberbia.

 

Por otra parte, la hembra ya no es sólo la madre afectuosa o la eventual compañera sexual del chimpancé, sino una criatura inteligente con creciente atractivo. La salud, la armonía y la continuidad del clan dependen críticamente de ella, así que su integración en la jerarquía se hace más rigurosa. En los medios escasos de recursos, la natalidad, que depende directamente del número de hembras, ha de ser controlada. La sexualidad deja de ser libre o promiscua, sino que obedece a ciertas normas y ritos, reforzados con creencias o escenarios mentales. Estas creencias son muy persistentes, sobreviven incluso cuando ya no tienen sentido para la supervivencia.

 

En medio de esta realidad antropo-sociológica se van haciendo cada vez más significativas las relaciones personales debido al aumento exponencial de inteligencia propio del ser humano, inteligencia entendida en sentido amplio: imaginación, sensibilidad, intuición, coherencia… Lo que en el chimpancé eran leves favoritismos por algún miembro del grupo se convierte en una clara preferencia por tal o cual persona, no necesariemente en base a cualidades objetivas. Estas preferencias resultan conflictivas con mucha frecuencia, por no ser correspondidas, por rivalidades, por oponerse a las normas o por simple torpeza de las contrapartes, que es lo más común. La inteligencia humana topa aquí con su mayor limitación, la falta de sabiduría amorosa, que está más allá de la mera afectividad del antropoide. De todos modos, la libertad no casa bien con los clanes humanos, tampoco mucho la verdad, ni siquiera el verdadero amor.

 

En este contexto, hombre y mujer se enfrentan uno a otro por primera vez.

 

(Continuará)

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