UNA LARGA
HISTORIA II
Decíamos también que la aparición de
la soberbia tuvo una principal e inmediata consecuencia, de carácter íntimo,
añadimos ahora.
Lo primero a tener en cuenta es que
la vida, para manifestarse, requiere una ruptura de simetría entre sus dos
principios originales, Yin y Yang. El verdadero equilibrio es dinámico, es
decir, cuando la función requiere más Yang ha de haber más Yang, y cuando
requiere más Yin ha de haber más Yin. La preponderancia de uno u otro nunca es
total, siempre queda un foco del principio complementario dispuesto para
retornar en cuanto la situación lo requiera. Los estados en que los principios
se acercan a la igualdad son los más pacíficos, incluso hay momentos en que se
alcanza por completo, esos en que el tiempo se detiene, pero si se prolongaran se produciría un estancamiento. Esta ley rige todos los fenómenos del Universo.
Yang es la tendencia a las cualidades masculinas, androgénicas, si se quiere, y
Yin a las femeninas o estrogénicas, pero obviamente ambos principios, con sus
hormonas, coexisten tanto en hombres como en mujeres.
El significado original de la
palabra china Yang es “solana”, “umbría” la de la palabra Yin. Son las dos
partes de cierta montaña, a la que más vale subir por alguna trocha, mejor por
la del centro.
Dos seres humanos, uno en que
predomina más o menos el Yang y otro en que predomina más o menos el Yin, o
sea, un hombre y una mujer, se enfrentan en medio de unas condiciones
difíciles. Él, debido a sus andrógenos, tiende al dominio y a la desigualdad, ella
es más proclive a la magnanimidad y la cooperación merced a sus estrógenos, que
inducen una actitud maternal. Las experiencias dolorosas han suscitado las
interpretaciones más diversas por parte de las diferentes culturas, pero casi
todas se han inclinado hacia la preponderancia del Yang, puesto que el hombre
es más agresivo y dominante, mientras que la mujer no tiene tanto interés en
eso (hablamos de interpretaciones, no de condiciones reales de supervivencia).
Una diferencia sutil entre ambos
sexos, que bueno es considerar, se basa en el funcionamiento del cerebro. El
hombre maneja muy bien su corteza cerebral en lo que respecta a la
lógica y la noción espacial, pero se pierde algo
cuando se trata de conectar estas zonas con el resto del encéfalo. La mujer
maneja espontáneamente todos esos datos a la vez y fluye rápidamente de unas
zonas encefálicas a otras. incluyendo las relacionadas con la afectividad. En
consecuencia, el hombre tiene más tendencia a la rigidez mental o la
obcecación, porque se siente inseguro ante sus emociones, mientras que la mujer
corre más riesgo de embrollarse, al menos momentáneamente. Tener ideas claras
en el momento prescindiendo de la emotividad es útil para el cazador y el
guerrero. Abarcar la realidad interna del entorno humano es útil para la madre,
no sólo en lo tocante a sus hijos, sino al conjunto del clan.
Las personas que logran un mayor
equilbrio entre sus funciones cerebrales mediante el trabajo interior o la
práctica espiritual desarrollan una inteligencia superior. Se establece un
mayor equilibrio entre sus hemisferios cerebrales, aumenta la fluidez entre
ellos, y su red de conexiones neuronales se amplía, a la vez que mejora la
eficacia de las transmisiones en general. Mas de nada serviría de no basarse en
la apertura de ajña, el centro energético del cerebro, cuyo origen se
sitúa hacia el tercer ventrículo cerebral. En este chakra reside el nudo de
Shiva-Parvati, el de la soberbia residual, que fulminará el Gran Espíirtu a su
tiempo. Esta inteligencia o visión superior, que reúne las facultades femeninas
y masculinas, tiene un origen intuitivo, sobrenatural. Tanto hombres como
mujeres pueden alcanzarla.
Lo cierto es que la mayoría de las
antiguas culturas, sobre todo las más belicosas, dieron más valor a las tendencias
Yang que a las Yin, es decir, al carácter dominante, a la agresividad y a la
fuerza física. Por supuesto, la virilidad es digna de admiración, si bien no
siempre se entiende su verdadero sentido. Por otro lado, surge la dulzura y la inteligencia
femenina, discreta, pero muy efectiva en múltiples aspectos, una inteligencia
que pone en cuestión las interpretaciones superficiales, basadas en apariencias.
La actitud pacífica y resistente de la mujer resulta muy poderosa, no solo en
las relaciones íntimas, sino indirectamente en las decisiones del clan. La
mayoría de los hombres no comprende esa inteligencia, no entra en su lógica
(lógico no es lo mismo real) y temen su poder. Del temor a la necesidad de
mantenerse por encima, aunque sólo sea en apariencia, sólo hay un paso: surge
la soberbia masculina, que decreta, por principio, la inferioridad de ella,
negando hasta su inteligencia.
Desarrollarse en ese clima confunde fácilmente a la mujer, que cae a menudo en diversos errores. algunos de tomo, pero en general es lo bastante inteligente como para no enfrentase a la fuerza bruta y la ideología del clan. Sin embargo, hasta la más sumisa es sabedora en el fondo de su alma que la realidad es otra. Cuando se trata de la relación de pareja, en que nunca faltan las torpezas y los malentendidos, tanto el hombre como la mujer son tocados en su fibra sensible. Ella siente emerger su valor y lo da a entender mejor o peor, es decir, con inteligencia o con orgullo, menos veces con soberbia, porque la mayoría de las mujeres no desean quedar por encima, sino sólo el amor o el reconocimiento de su igualdad de valor.
Chica: no caigas en esa trampa, no pongas en tela juicio tu valor colocándolo en manos ajenas, lo sabio es desprenderse de toda clase de orgullo. Ten cuidado con el instinto de anidación, que no es amor en sí mismo, y puede llevarte a una situación falsa de pareja. Prescinde por completo de cualquier supuesto éxito femenil ante el mundo. Dos grandes errores puede cometer la mujer: tener un hijo para capturar a un hombre o capturar a un hombre para tener un hijo. Quizá el error más tonto por su parte sea asumir de forma más o menos inconsciente que las cualidades Yang son superiores, para así volverse competitiva y dominante, especialmente frente al hombre, con lo que pasa a engrosar uno de los bandos que promueven la interminable guerra de los sexos. Para ser grande en cualquier campo la mujer no necesita masculinizarse.
Está extendida la idea de que en la
Edad del Bronce existió alguna cultura matriarcal, basada en las
representaciones de deidades femeninas. En primer lugar, el matriarcado es sólo
la otra cara del patriarcado, no es una preponderancia real de la mujer, sino
una jerarquía paralela con sus propias funciones. El hecho de adorar imágenes
femeninas más bien apunta, creo yo, a la preponderancia del hombre, que siente
una atracción natural y sobrenatural por la feminidad. No hay base
antropológica ni arqueológica seria para una cultura dominada por mujeres, nada
deseable, por lo demás. Ciertamente, ha habido culturas más igualitarias que
otras, quizá la más respetuosa con la mujer haya sido la del Antiguo Egipto.
Las relaciones de pareja se van
complicando cada vez más a partir de los estados primitivos. Cuando la pareja
es auténtica, o sea, cuendo el vínculo es espiritual, cada experiencia se va
almacenando como karma positivo o negativo, que se irá expresando en vidas
ulteriores entre esas mismas personas. Al desfase natural propio del equilibrio
Yin-Yang se añade el correspondiente a la pareja, ya que la evolución de cada
uno sigue sus propios caminos (la libertad es inherente a la espiritualidad). Además, es frecuente que haya involuciones, de
modo que el desfase puede llegar a ser muy grande. Sin embargo, una verdadera
pareja tiende siempre a la unión, uno es maestro o maestra para el otro, y
finalmente lo conseguirán. Si el más desfasado acierta a traspasar la esfera de
fuego se reunirá con su alma sin más dilaciones.
El Gran Espíritu es el Amor entre un
Dios y una Diosa. La soberbia frente a Él/Ella, negar su existencia o desafiar
su poder no es más que la soberbia infantil ante el autoritarismo parental o
social, a menudo sólo una pose de progresismo ramplón. Mucha gente lo toma a la
ligera, pero las consecuencias de no conectar, de algún modo, con el Gran
Espíritu, son siempre lamentables, cuando no desastrosas.
¿Cómo conectar? Visualiza el eje de
tu columna vertebral. Prolóngalo hacia la Tierra y hacia el Cielo. Deja esa
imagen ahí.
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